LOGOPEDIA

Depende del grado de madurez del niño y de lo consciente que sea de esos errores, podremos hacer o no una corrección directa de los mismos. Sin embargo, lo recomendable a edades tempranas es proporcionar al niño modelos adecuados que le permitan mejorar su expresión espontánea. Por ejemplo, si dice “toche“, resultará mucho más efectivo que el adulto diga algo como “¡Oh, qué coche más grande!”. De este modo, el niño no solo se da cuenta de cómo se dice correctamente la palabra sino que además recibe una información complementaria que le ayudará a afianzar lo que acaba de aprender.

Aunque los niños muestran diferencias en el desarrollo del habla (así como en otras etapas fundamentales del desarrollo), los estudios indican que el vocabulario de un niño de 2 años puede alcanzar hasta 200 palabras y que es capaz de formular frases sencillas (articulando tres o cuatro palabras),  utilizar el concepto “yo” y comprender  el “mío”, decir “no” verbalmente (no con gestos), introducir verbos frecuentes, discernir conceptos como “grande” y “pequeño” y cantar canciones simples. Obviamente son muchos los factores externos que pueden intervenir en este desarrollo, entre ellos, la falta de estimulación, la sobreprotección o incluso los celos provocados por la reciente llegada de un hermanito pero, ante la duda, no está de más consultar nuestras preocupaciones con un especialista.

No todos los niños aprenden a la vez. Unos llevan un ritmo más acelerado y otros un ritmo más lento. Si tu hijo lleva un ritmo más pausando en su aprendizaje debes averiguar  si se debe a algún problema y para ello, es adecuado preguntar a los profesionales relacionados con la educación de tus hijos. La mejor época para darse cuenta de esto es el periodo en el que los peques están aprendiendo a leer y a escribir.

Si observas en tu hijo cualquiera de las manifestaciones o síntomas siguientes, te recomendamos que solicites el asesoramiento de un logopeda de tu confianza:
· Particular dificultad para aprender a leer o escribir o lagunas en la comprensión lectora.
· No pronuncia correctamente las palabras.
· Ausencia de comunicación.
· Dificultades con el cálculo y los problemas.
· Se bloquea o repite sonidos involuntariamente.
· Problemas de masticación o deglución.
· Pérdida de voz.
· Muestra predisposición al aislamiento.


PSICOLOGÍA

Todo niño pasa por una etapa (en torno a los 2-3 años) en la que pone a prueba a sus progenitores y adultos de su entorno para determinar hasta dónde puede llegar.
Es normal que durante la infancia y la adolescencia se produzcan comportamientos de este tipo ya que forman parte del proceso de maduración de la persona. El problema surge cuando ese comportamiento desafiante y hostil hacia la autoridad persiste más allá de lo que cabe considerar parte del desarrollo natural del niño y su frecuencia e intensidad son tales que comienzan a interferir gravemente en la vida familiar, académica y social del niño o adolescente. Llegado ese caso debemos comenzar a pensar en la necesidad de acudir a un especialista.

Antes de gestionar una rabieta debes intentar prevenirla aunque, ¡sabemos que no es tarea fácil!. Es muy complicado que un niño muy pequeño comprenda algunas cosas aunque ello no significa que debamos permitirle todo.  Si poco a poco le vas educando, las normas y los límites irán calando en el peque, lo que le ayudará a ir cogiendo muchas menos rabietas. Recuerda que la autonomía es fundamental para la madurez de tu hijo y ésta es muy importante para reducir el número de rabietas que pueda coger. Así como ayudar a gestionar la expresión emocional.

Para el buen desarrollo de tu hijo es fundamental que realice actividades lúdicas. Si tu peque no quiere jugar y no se relaciona con otros niños, tenemos que proporcionarle espacios dedicados a la interacción social. Acudir a parques, parques de bolas, teatros y en general escenarios en los que relacionarse con otros niños se convierta en el objetivo de la actividad. Así como animarle a tener contacto con ellos, de forma que observe lo divertido que es jugar con otros niños.

Para captar algunos elementos centrales que los padres deben observar para detectar anomalías en sus hijos, es muy importante tener en cuenta lo siguiente: conozca a sus hijos, tenga nociones lo más claras posibles de cómo son y cuáles son sus actividades habituales, de manera que cualquier cambio no atribuible a los cambios propios del desarrollo le pueda llamar la atención. Las áreas en las que los padres deben fijarse para identificar algún cambio que pueda indicar algún problema emocional son:
· Alimentación.
· Sueño.
· Atención y concentración.
· Rendimiento escolar.
· Juego.
· Relaciones sociales.
· Estado de ánimo.


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